Publicado en 01 de septiembre de 2016

Hay varias escenas que sirven para graficar la vida de Mónica Bahamondez: tiene seis años y juega feliz en el corredor de su casa de adobe. A los 18 está estudiando ingeniería química en la Universidad de Chile y solo quiere dedicarse a la industria cosmética.

Pero a los 24, ve un aviso en el diario para ir a restaurar los moais de Isla de Pascua. Entonces, encontramos una foto de ella al lado del Ahu Tongariki y otra mirando los vaporetos del Gran Canal en Venecia; luego una en la escuela de arquitectura de Grenoble, Francia, e imágenes de ella restaurando las iglesias de Chiloé, las casas del desierto destruidas por los terremotos y la Virgen del Carmen totalmente quemada.

Lo que más se repite es su foto de niña jugando en la casa de corredor y murallas gruesas. Y no es casual que sonría. La actual nueva subdirectora Nacional de Gestión Patrimonial, lleva 33 años trabajando en la Dibam, y si hay algo resume su pasión y su labor es la siguiente frase:

"Tuve una niñez tan feliz que doy gracias a Dios por eso. Vivía una casa patronal, con un zócalo de piedra y muros de un metro. Soportó varios terremotos y nunca le pasó nada. Esa casa me marcó. Y si me preguntas, sí, soy adobera. Promuevo el adobe, pero bien construido".

De moais, Virgen del Carmen y patrimonio

Mónica Bahamondez está muy entusiasmada con su nueva labor en la Subdirección Nacional de Gestión Patrimonial, cuyo objetivo es poner bajo un mismo alero todas aquellas instituciones vinculadas al mundo patrimonial, aunque tiene sentimientos encontrados por tener que dejar el Centro Nacional de Conservación y Restauración, donde trabajó 33 años.

Pocas personas, en Chile, saben tanto como ella sobre este tema. Entre risas recuerda que, al entrar estudiar ingeniería química, se proyectaba trabajando en la industria cosmética, pero la vida, y ella, quisieron otra cosa. "Siempre digo que si lo hubiera hecho habría estado mucho más joven y bella (ríe), ahora estoy más arrugada y fea, pero feliz. Estaba terminando mi tesis cuando supe que la Dibam buscaba a un ingeniero químico que fuera a restaurar los moais".

- Fascinante...

-¡Fascinante! En esa época era impensable ir a Isla de Pascua. No sabía nada de patrimonio, pero parece que dije cosas de sentido común y me eligieron, advirtiéndome que antes de partir, tenía que ir a Venecia a capacitarme. Tuve la suerte de ir en el año 83 y me quedé seis meses.

Vivía en un departamento al lado del Gran Canal y veía pasar el vaporeto. Era un sueño. Me cambió la vida. Claro que, en ese entonces, yo estaba muy lejos del mundo cultural y patrimonio. Incluso cuando llegué a Italia, ¡me cargó todo eso viejo! Pero al volver, me di cuenta que esto era lo mío.

Y al llegar, me mandaron con mi maleta a hacerme cargo del proyecto de Isla de Pascua. Estaba sola y sin presupuesto. Con todo el entusiasmo del mundo, empecé a reclutar gente, a vender el proyecto entre las instituciones, pedí ayuda y conseguí alojamiento.

-Eras tan joven…

-Tenía 24 años ¡Y esperaban que me hiciera cargo de restaurar el patrimonio de Isla de Pascua! Hasta una moto me prestaron para poder llegar a los moais. Después me casé con mi novio de toda la vida, nacieron mis hijos (dos hombres y una mujer) y cada cierto tiempo se iban conmigo también e incluso trabajaron gratis, por supuesto, cuando se restauró el Ahu Tongariki.

-¿Qué te pasaba cuando estabas tocando esos moais?

-Estar ahí y mirarlos al nivel de sus ojos, darse cuenta que los tallaban ciegos hasta que los ponían arriba del ahu (altar), es una experiencia sobrenatural. Poder imaginar lo que pasó ahí, con ese grupo humano que, a pesar de vivir en las condiciones naturales más adversas, fueron capaces de crear un lenguaje y una sociedad compleja, en el aislamiento más absoluto. En la mitad del océano. La historia de los Rapa Nui es lejos más importante que los moais. ¡Es épica!

-¿Somos privilegiados los chilenos por el patrimonio que tenemos?

-¿Sabes lo que pasa? Miramos para otros lados y decimos: "En Chile, no hay patrimonio". O creemos que es pobre. Claro, si miras a México o a Perú y comparas esa monumentalidad, efectivamente, no tenemos eso. Pero la historia humana que hay detrás de cada una de las expresiones, es única. El valor está más en el ser humano que en los objetos mismos. Eso hay que rescatar.

-¿Qué urge conservar del patrimonio chileno?

-¡Todo! ¿Qué quieres que te diga? A ver… yo llevo 33 años en esto y puedo decir que desde el año 1982, cuando entré a la Dibam, el cambio ha sido abismante. Si hay un área en este país donde se ha avanzado es en el ámbito de la conservación del patrimonio. Claro, no todo lo que se debiera.

Cuando entré a trabajar a la Dibam, no se sabía qué era la conservación. De hecho ese término no existía. Solo se hablaba de restauración. Algo que también ocurría en el mundo. Pues el término fue acuñado después, al entender que conservar es mucho más importante que restaurar. Se evita el deterioro tomando medidas a veces muy simples.

-En Chile ¿se restaura o se conserva más?

-Empezamos, como Centro de Restauración a restaurar, pero, a poco andar, nos dimos cuenta que era una tarea titánica, pues podíamos tardar seis meses en restaurar un cuadro y, en ese mismo lapso, se deterioraban 20 más. De manera que nos sumamos a este movimiento mundial por la conservación.

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-¿Por qué se está privilegiando la conservación antes que la restauración?

-Porque se quiere evitar que el objeto se deteriore y una pieza puede estar muy bien restaurada, pero si no queda guardada bajo ciertas condiciones, se va a volver a dañar. Si al final los objetos hay que tratarlos un poquito como seres humanos, hay que preocuparse que no les afecte la temperatura, eventuales accidentes o la radiación ultravioleta.

-Te especializaste en adobe, una materialidad que evoca calidez, ¿has llegado a sentir una cierta afinidad, no sé si cariño, con alguna pieza o monumento?

-Es difícil no involucrarse con este trabajo, porque tienes en tus manos objetos que nadie más puede tocar. Acá llegó, por ejemplo, la Virgen del Carmen después que la quemaron estando adentro de la catedral. Una imagen adoraba por cientos de miles de chilenos fue quemada por un loco y fue una catástrofe nacional. La verdad es que nunca habíamos tenido una experiencia semejante.

-¿Eres católica?

-Sí, pero nosotros tenemos la capacidad de separar y las piezas que llegan, aunque suene a sacrilegio, les llamamos objetos. Con la Virgen tuvimos que hacerlo porque había que desvestirla, desarmarla. Llegó con el niño Dios quemado completo. La gente nunca supo porque se nos pidió discreción, por tratarse de una pieza religiosa en culto activo, es decir, que la gente va y le reza. La figura era de madera y había que preocuparse de armarla completa nuevamente. No sabíamos si podíamos hacerlo. Tampoco había experiencia en otros países.

-Describe, por favor, la escena: llega la Virgen quemada a tus manos…

-Muy impactante. Pensé que esto no podía estar pasando. Nos quedamos anonadados. Llamamos a todos los museos del mundo y solo en Bélgica pudieron ayudarnos. El trabajo de restauración duró un año y medio.

-¿Cómo la tratabas?

-Ella ocupó un lugar súper importante en el laboratorio. Día a día era un objeto con el cual trabajábamos, pero una vez a la semana pasaba un fenómeno maravilloso y era que venían sus camareras, sus dueñas, y veían cómo estaban los trabajos. Traían flores y rezaban. Se detenía el trabajo en el laboratorio y todos los que querían, se sumaban al rezo.

Ellas, muy encantadoras, crearon un lazo muy estrecho con todos los restauradores. Se producía un momento espiritual muy lindo. Al final, ¡todos terminamos devotos de la Virgen! Imposible no impregnarse con ese objeto que tiene una carga emocional tremenda.

Recuerdo que para Navidad, vinieron y pusieron al niño en un pesebre. Ha sido uno de los trabajos que más me ha llegado al corazón. Es imposible no involucrarse si estás tanto tiempo en un mismo trabajo. He restaurado muchas iglesias de adobe y la gente se acerca a ti porque empiezas a vivir con ellos.

-¿Fue más bien una casualidad la opción por trabajar el adobe?

-No, no lo fue. Yo fui a estudiar a Francia en 1995, a la escuela de arquitectura de Grenoble (Francia), por que una parte importante del patrimonio de Chile está construido en adobe. La mayoría de las iglesias patrimoniales, las casa patronales y los monumentos resulta que estaban en la total indefensión, porque en esos años ninguna escuela enseñaba técnicas de restauración en adobe. Se mencionaba a la pasada, porque era muy despreciado. Se le veía poco resistente.

-Eres una niña y estás en tu casa de adobe…

-Soy araucana, nací en Arauco, mi padre era abogado y trabajaba allá. Cuando tenía seis años, jubiló y nos vinimos a Buin. Él quería que sus hijos estudiaran en Santiago. Compró una parcela. Tuve una niñez tan feliz que doy gracias a Dios por eso. Tenía una casa patronal, entera de adobe, con dos casas destinadas a los trabajadores -que por supuesto siempre estuvieron vacías- y diría que realmente me marcó porque estaba tan bien construida.

Se levantó en una parte alta de terreno, tenía tejado que le daba el peso, un zócalo de piedra y muros de un metro. Soportó varios terremotos y nunca le pasó nada. Así es que si me preguntas, sí, soy adobera. Promuevo el adobe, pero bien construido.

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