Publicado en 01 de marzo de 2018

“Hay gente que dice que el desierto es un peladero y no se da cuenta que en ese ‘peladero’ hay algo único que puede sorprender”, dice Raúl Céspedes, con conocimiento de causa. 

Toda una vida observando el fenómeno, desde que era pequeño y lo visitaba con su padre, hasta estos días en los que sigue yendo cada vez que las semillas del norte despiertan, salen del estado de latencia y germinan luego de la lluvia. 

“Es bueno que la gente lo conozca; que los chilenos nos demos cuenta que este es un ecosistema endémico, como pocos, donde además de flores, hay aves, insectos, reptiles y mamíferos”, añade el experto en la conferencia Visión histórica del desierto florido, organizada en la Biblioteca Nacional.

Un ecosistema que este año atrajo la mirada de muchos chilenos y extranjeros, pero que ha inspirado a curiosos, a escritores y a científicos desde que comenzó a escribirse la historia del país. 

Figuras célebres como los naturalistas Claudio Gay y Rodulfo Amando Philippi organizaron, a mediados de 1800, expediciones hasta la región de Atacama con el fin de conocer de cerca este desierto árido, el más seco del mundo, lleno de pétalos rosados. 

Una inmensidad de colores de la que también hablan los propios habitantes de la zona. Florido y desierto, 100 décimas sobre el desierto de Atacama (RIL Editores), se llama el libro escrito por Moufarrej Riff e ilustrado por Felipe Estay, dos amigos copiapinos impactados por este fenómeno.

“La verdad es que crecimos sabiendo que el desierto florecía después de la lluvia, era como estar familiarizados con el hecho de que, tras cada lluvia, ese espacio cobraría otra vida a través de flores, insectos y animales. Eso nos ha llevado a sentirnos parte del fenómeno desde que somos muy pequeños. Sin embargo, con el paso de los años, fuimos comprendiendo que esto, que nos resultaba tan habitual, era único en sus dimensiones, a nivel mundial y eso nos llevó a valorarlo mucho más”, confiesan Moufarrej y Felipe.

Aprender a observar

No basta que llueva una vez ni tampoco que caiga un diluvio en unas pocas horas. En el desierto, explica Céspedes, no existe drenaje, por lo tanto, para que crezcan flores en la arena, debe haber primero un sistema de hidratación que mantenga en vida a la naturaleza, como la neblina o camanchaca, y segundo, un promedio de precipitaciones anuales cercanas a los 12 o 16 milímetros. Solo cuando esto ocurre, germinan semillas, rizomas y bulbos. 

Un tipo de floración paulatina que, dependiendo del nivel de precipitaciones, puede comenzar en agosto y terminar en octubre.

“El peladero, que dice la gente, se convierte en otra cosa. Viene la magia”, advierte Raúl Céspedes, quien también es museólogo e investigador del Museo Regional de Atacama.

Desde su experiencia, no basta con mirar el espectáculo, sino que es necesario aprender a observar

Se puede caminar y ver un montón de piedras y rocas, explica, pero si se observa detenidamente, es posible entender que muchas de las formas rocosas están asociadas a usos que le dieron culturas que vivieron antes o bien, ver caracoles blancos que toman ese color porque salen solo en la noche. 

“Es la magia de observar, que permite descubrir detalles, cuando uno se da el tiempo”, añade.

Coinciden con esta idea Felipe Estay y Moufarrej Riff. El primero es diseñador; el segundo, sicólogo y docente. Ambos, además, músicos, y esa afinidad los llevó a descubrir el surrealismo de Raúl Ruiz y la puesta en valor de Atacama, hecha por el escritor Hernán Rivera Letelier. 

A partir de sus libros reconocen, reflexionaron en torno a la idea de cómo el imaginario de la región de Atacama, es decir, sus paisajes e historias -que escuchaban desde niños- no salía al mundo. Las décimas y la ilustración, sirvieron entonces para expandir ese imaginario; para hablar de cómo los conmueve el desierto.

“En ese sentido, consideramos que el paisaje del desierto de Atacama, al estar desprovisto de mayores estímulos, como la abundante flora y fauna de los bosques del sur del país, nos obliga a centrar nuestra atención en fenómenos que pueden resultar imperceptibles a simple vista, como por ejemplo, cuando el paisaje cambia de color mediante el paso del sol”, admiten. 

Desde su perspectiva, añaden, la acción de concentrarse en el paisaje invita a meditar y a una autobservación, es decir, contemplar el desierto y observarse a sí mismos. 

Con el desierto florido, el paisaje casi estático se transforma, llenándose de vida, colores y formas; “el desierto florido representa la dicotomía entre ‘lo vivo’ y ‘lo muerto’, como parte de un todo, y necesariamente invita a observarnos desde otra vía. Es hermoso, pero a la vez intrigante, saber que ese espacio lleno de vida está inserto en un desierto tan árido y a la vez saber que todo ese campo de vida habita bajo la tierra esperando aparecer”. 

La añañuca

En el libro Geografía del mito y la leyenda chilenos, el folclorólogo Oreste Plath rescata, en la región de Coquimbo, esta leyenda, cuya versión es de Manuel Gandarillas:

“En Monte Patria, desde los tiempos en que esta se llamaba Monte Rey, vale decir, antes de la Independencia, la añañuca era una flor joven de carne y hueso. 

Un día entre los días, hizo alto en el poblado un minero extraño, hermoso y gallardo que cruzaba los caminos en busca del eterno derrotero perdido. Y entonces, floreció el romance del minero y la añañuca. El mancebo, hechizado por la niña morena, se quedó en el poblado. 

Una noche tuvo un sueño: un duende de la montaña le dio, en el duermevela de ese sueño, el sitio preciso en que se hallaba el tesoro, la veta perdida, y el minero partió. La niña de Monte Patria o más bien dicho de Monte Rey, quedó esperando la vuelta del amor. 

El minero no volvió jamás, se lo tragó el espejismo de la pampa. La muchacha murió de pena, de ese mal de amores que aún existía cuando Monte Patria se llamaba Monte Rey. 

La enterraron un día de aguacero en el valle. Al día siguiente alumbró el sol y el valle se cubrió de flores rojas. Así nació la añañuca”.

¿Qué ver y cómo?

En un metro cuadrado, explica Raúl Céspedes, se pueden encontrar hasta siete especies distintas de flora y fauna

Entre las más conocidas, figuran las añañucas (amarillas, rojas, blancas y rosadas), los suspiros de campo (lilas), la garra de león (roja y amarillo) y el cartucho de terciopelo (amarillo y rojo), entre otras. Junto a estas flores, es posible ver coleópteros, vaquitas del desierto, iguanas del desierto, lagartijas, zorros chillas, culebras de cola larga, queltehues, avispas cazadoras, jotes de cabeza colorada, cernícalos, aguiluchos y bandurrias que llegan desde el hemisferio norte.

Dada la vulnerabilidad de este ecosistema, Sernatur sugiere respetar los caminos señalizados y evitar el resto de rutas. 

De igual modo, recomienda no pisar ni cortar las plantas, ni menos extraer tubérculos, pues eso conlleva perder para siempre la posibilidad de que surjan nuevas flores.

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