Publicado en 26 de marzo de 2018

Pocos espacios evocan tantos recuerdos y emociones como los teatros. Asombran por su belleza e invitan a presenciar espectáculos; sin embargo, su complicidad con la historia pasa casi inadvertida, a menos, claro, que estemos frente de un recinto abierto, de esos levantados con piedras de un antiguo imperio. 

Al resto, definitivamente suele vérseles desde una dimensión más artística. “El teatro es un registro; es la memoria de un país a través de la representación”, sostiene el dramaturgo y director teatral Ramón Griffero. Un registro, pero también una expresión, añade el historiador Luis Villalobos. “Le otorga identidad al país. Es parte del patrimonio porque es posible ver cómo se ha relacionado, en distintas épocas, con la sociedad y con sus prácticas culturales”, añade. 

Teatros que tuvieron su debut en Grecia y Roma. En ese entones, espacios circulares, inicialmente muy vinculados a los actos religiosos. Algo que también se replicó, en Chile, durante la Colonia. 

Los primeros fueron construidos cerca de las iglesias o se levantaron en improvisados escenarios al interior de las plazas. Todos ellos “nos han llevado a ser lo que somos”, añade el también autor del libro Teatros de Chile (coeditado por Dibam y Ocho Libros). 

Recientemente publicado, el libro -explica Villalobos- es una invitación a detenernos. Más todavía ahora que el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) aprobó la solicitud para declarar al Teatro Nacional de Antofagasta como Monumento Nacional, un referente de la ciudad desde su creación en 1930. 

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Se suma, así, a los otros 15 edificios reconocidos. Junto a esta declaratoria, el mundo escénico se pone ahora en valor, pues, por un lado, este año se celebra el aniversario Nº 160 de la creación del Teatro Municipal de Santiago y, por otro, el Teatro Nacional está trabajando para lograr que su vestuario también sea resguardado.

Importancia de la arquitectura 

En Chile, los primeros teatros surgieron en las ciudades más importantes. Los espectáculos -relata Villalobos- se organizaban en las plazas, cerca de las iglesias. Por lo tanto, estaban asociados a la evangelización y a las fiestas religiosas. 

Sitios como la Plaza de Armas y la Catedral de Santiago, la Iglesia San Francisco, la Iglesia de la Compañía y la Plaza Victoria de Valparaíso, fueron algunos de estos primeros escenarios.

Buena parte de nuestra historia republicana está ligada a ellos. Para María Paz Valenzuela, directora del Instituto de Historia y Patrimonio de la Facultad de arquitectura y urbanismo de la Universidad de Chile, los teatros representan un momento particular de nuestra historia social. “Fueron el lugar de reunión para todos los grupos sociales. 

Eran el punto de encuentro y permitían compartir en comunidad. Hoy el recurso visual (películas u otros) sigue siendo importante, pero cada vez es más privado, se puede ver en el propio teléfono y eso ha alejado a las personas de sus comunidades”, añade la arquitecto que, entre otros proyectos, solicitó al CMN que el teatro Victoria de Curicó fuese declarado Monumento Nacional, en categoría de Monumento Histórico.

Este último se convirtió, durante la última década del siglo XIX, en un espacio dedicado al cine, luego de la irrupción de esta expresión artística, en 1896. El Victoria, se adecuó como sala para exhibir películas, pero no fue el único. Existía, en esos años, elementos arquitectónicos, explica María Paz Valenzuela, que facilitaron esta transformación del teatro a las salas de cine. 

Detalle de la antigua escala imperial, en el foyer del Teatro Municipal de Santiago. Fotografía anónima, ca. 1916. Centro de Documentación de Artes Escénicas, Municipal de Santiago.
Detalle de la antigua escala imperial, en el foyer del Teatro Municipal de Santiago. Fotografía anónima, ca. 1916. Centro de Documentación de Artes Escénicas, Municipal de Santiago.

Las naves de esas salas y las cajas escénicas de gran volumen, estaban hechas para acoger escenografías y otros recursos teatrales. Contrario a lo que ocurre en el cine, donde solo existe una pantalla. De ahí, la importancia de la arquitectura a la hora de ver un espectáculo.

“El trabajo del espacio es esencial, pues permite no solo ver y disfrutar del espectáculo, sino escucharlo y apreciarlo. Es por ello que la arquitectura de cada sala no es al azar y muchas veces sus desafíos tecnológicos pueden suponer valores extraordinarios del bien”, añade la arquitecto.

A nivel arquitectónico, asegura que son varios los teatros dignos de destacar, por ejemplo, el Municipal de Santiago, el Municipal de Iquique (de la época del salitre) y el de la población Huemul (ubicado en barrio Franklin, de estilo victoriano). 

Considerando, además, el hecho de que muchos de estos espacios derivaron, casi de manera natural, en salas de cine, se detiene también a resaltar algunos de estos últimos recintos, en especial, aquellos que ya no están. “Creo que es una gran pérdida la demolición del cine Santa Lucía, y otros ubicados en el centro. Queda hoy, en calle Compañía, el ex Cine Real, convertido en tienda de departamentos; también el ex cine Pedro de Valdivia, transformado en restaurante, pero desgraciadamente no hay nada en su espacio que recuerde aquella condición”, añade.

La arquitectura, para Luis Villalobos, es una forma de entender también cómo han cambiado los estilos en la medida que han evolucionado las ciudades. Si bien, dice, quedan referentes arquitectónicos como el Teatro Municipal de Santiago, también destacan otros espacios, como el Teatro Municipal de Las Condes, totalmente moderno y alejado de la ornamentación tradicional; sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias arquitectónicas, ambos tienen otro elemento en común y es el hecho de que imponen su cuota de poder político. 

Se mantienen ciertos elementos de continuidad, aunque arquitectónicamente se vaya evolucionando. “Ambos marcan pautas, se busca tener un teatro no para competir, sino para marcar la entrada del poder político por medio de las municipalidades. También en el Municipal y en el Victoria se hicieron muchos actos cívicos del poder político (galas presidenciales y otras ceremonias), por lo tanto, el Estado se hace parte de esta construcción de escenarios”.

A mediados del siglo XIX, Chile vivió transformaciones urbanas que, entre otras obras, incluyeron la construcción y restauración de nuevos espacios escénicos. Era época de ópera y de zarzuela; el primero, un género más asociado a la diversión de la clase alta, en tanto el segundo, parte de los sectores populares y de la clase media. Tanto en Santiago como en Valparaíso, existía el anhelo de contar con recintos a la altura de estos espectáculos. 

En 1844, se inauguró el teatro Victoria, presentando el drama lírico Julieta y Romeo, con música de Bellini. El éxito sirvió de impulso para aumentar los deseos entre los santiaguinos por contar con un espacio de similares características. En 1853, el gobierno de Chile contrató al arquitecto francés Claude Francoise Brunet y este comenzó a trabajar en los planos en conjunto con el ingeniero Augusto Charme. Sin embargo, estos se modificaron luego de la muerte del francés y de la llegada de nuevos arquitectos. 

Dos años más tarde, llegó Henri Philastre, desde Burdeos, para decorar los espacios inspirados en el neoclásico francés: un salón gótico y otro estilo Luis XIV, destinados a las tertulias de las familias abonadas; butacas tapizadas con terciopelo rojo, además de la lámpara de gas, con 14 mil cristales de Baccarat. El Teatro Municipal se inauguró el 17 de septiembre de 1857, con la presencia del presidente Manuel Montt y de sus ministros. Primero vino el Himno Nacional y, a continuación, el espectáculo Ernani, de Giuseppe Verdi.

Complicidad histórica

Son varios los hitos históricos asociados a la creación de los teatros. Es más, se sabe que el propio O’Higgins pensaba que había que fomentar esta expresión artística para motivar el sentimiento patriótico, luego de la victoria de Chacabuco, en 1817. Veía al teatro como una entidad social cuyo fin era “propagar las máximas patriotas y formar las costumbres cívicas”.

Fray Camilo Henríquez, a quien todos conocemos por haber sido el director de la Aurora de Chile, fue también un destacado dramaturgo, autor de obras, como, La inocencia en el asilo de las virtudes y La Camila o la patriota de Sudamérica. Esta última, fue parte de Chile Bi-200, montaje teatral presentado por Ramón Griffero, que hablaba de los años en los que se luchaba por la Independencia del país. 

La obra fue publicada por primera vez en 1817 y revivida, hace unos años, por Griffero, entre otras cosas como una forma de rescatar, en Chile, una perdida tradición teatral.

Luis Villalobos menciona, en su libro, otros hechos históricos vinculados a las artes escénicas, como, por ejemplo, que el teatro El Principal (plaza Manuel Montt, frente a los Tribunales), de 1820, sirvió como escenario para cantar, por primera vez, la canción nacional. 

Fue inaugurado por Bernardo O’Higgins. Lamentablemente, el edificio no existe, pues recién después de 1840 empiezan a construirse teatros usando materiales más sólidos.

Otro inmueble desaparecido es el teatro La República, nombre puesto en honor a la Revolución Francesa. En general, advierte el historiador, se solía bautizar estos espacios pensando en hechos que hubiesen sido importantes para el país. 

Otro ejemplo de esto es el teatro Victoria, que debe su nombre a las dos victorias de Chile durante la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. Posteriormente, se construyó otro teatro homónimo, como una forma de recordar el conflicto entre Chile y Perú, durante la guerra del Pacífico.

A nivel más moderno, destaca también la construcción de los últimos teatros municipales en regiones, como el de Talca o Rancagua. Se trata de recintos actuales, construidos durante el 2000 y que son ejemplo del rol del Estado como guardián de la cultura. 

Vestuario del Teatro Nacional

En la calle Fanor Velasco, antes de llegar a la Norte-sur, se encuentra un edificio de los años 20. Tiene cuatro pisos y todos están llenos de ropa. Cajas llenas de sombreros, una sección especial para guardar los más de 300 anteojos y cerca de 2 mil o más vestidos, entre los cuales no solo se incluye vestuario diseñado especialmente para el teatro, sino también ropa de época, que obedecía a cánones de la moda.

“El edificio acogió a la antigua sastrería del teatro Experimental. Por ser un espacio público, en vez de dar de baja las colecciones, se fueron guardando. La sastrería dejó de existir hace unos 20 años, pero el vestuario permanece hasta hoy”, explica Ramón Griffero, director del Teatro Nacional.

Se trata, sin duda, de un patrimonio textil que hoy se busca resguardar. No hay otro sitio, en el país, advierte Griffero, que conserve el diseño teatral como este espacio. Sin embargo, se hace indispensable hacer un trabajo de reclasificación, fotografía y orden, tarea que implica conseguir financiamiento. Por estos días, el director del Teatro Nacional espera reunirse con el Ministro de Cultura, Ernesto Ottone, a fin de estudiar posibilidades de fondos que apoyen este proyecto.

“Necesitamos que haya conciencia: Chile es el único país que no tiene registro de sus artes escénicas. Se está perdiendo un material que no vuelve a existir”, enfatiza, no sin antes confesar un último deseo: hacer un gran desfile exhibiendo parte del vestuario; que cada prenda sea usada y, además, cuente su historia, qué actor la vistió y para qué obra.

Los teatros reconocidos por el CMN:

  • Teatro Municipal de Santiago, Santiago.
  • Teatro Pompeya, Villa Alemana.
  • Teatro Municipal de Viña del Mar.
  • Teatro Cariola, Santiago.
  • Teatro Galia, Lanco.
  • Teatro Cousiño, Santiago.
  • Teatro Huemul, Santiago.
  • Teatro Victoria, Curicó.
  • Teatro Alhambra, Taltal
  • Teatro Enrique Molina, Concepción.
  • Teatro Sindicato, Lota.
  • Teatro Municipal, Pisagua.
  • Teatro Municipal, Iquique.
  • Teatro Carrera, Santiago.
  • Teatro Salitrera María Elena.
  • Teatro Salitrera, Humberstone.
  • Teatro Grez, Santiago.

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